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La foto está tomada en el bar en donde desayuna un servidor, al lado de la Fábrica de Tabacos de Sevilla. Como son pardos, cuesta trabajo distinguirlos, pero yo veo hasta seis gorriones dando cuenta del desayuno del cliente anterior. Recuerdo que, de niño, los gorriones nos tenían miedo. Con razón. Un tirachinas era un juguete que, si no nosotros, nuestros propios padres nos confeccionaban de bricolaje, cortando la silueta de un listón y poniéndole dos cáncamos y una buena goma. Matar pájaros era parte de nuestros inocentes juegos infantiles.
Ahora no sé lo que ha pasado. Nos hemos vuelto más civilizados, pero también más viejos, menos peligrosos. En una sola generación nos ha sucedido como al maiz, que es incapaz de desgranarse y de seguir viviendo sin las manos del agricultor, o como a esos animales domésticos inútiles para cazar y matar, y que sólo aspiran a que el amo les abra la lata de comida preparada. Nuestros niños ya no asuntan a los gorriones, que poco a poco van abandonando el género bucólico y acabarán de extras en la película de Hitchcock. La verdad, no sé si es bueno ser tan buenos como nos hemos convertido.
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